jueves, 9 de octubre de 2008

Silvio León Fossati Ventura (II).

Escribe Sonia Fossati Silveira de Eizmendi:

Casado con Juana Dolores Silveira Dondero (la Nena) en 1919 y muy pronto padre de familia, la turbulencia de su juventud se llamó a sosiego. Aunque no por ello dejó de vibrar su pasión política y muchos años más tarde, cuando la dictadura de Terra, blanco independiente y opositor, ayudaba a los batllistas perseguidos a pasar la frontera.

Ya con varios hijos, en 1923 sucedió en el pueblo un acontecimiento, que le cambió su rumbo. Adquirió en un remate judicial una importante carga de tabaco requisada por la aduana y asesorado por un amigo brasilero, hijo y yerno de alemanes residente en Pelotas, seu Luiz Gütschov, hizo experiencias y poco después –en 1925-instalaba su fábrica de tabaco. Le puso el nombre de su padre, Don Antonio, que lucía en grandes letras blancas en el techo del edificio. Hacía un tabaco negro, al que llamó “Puritano”, recordando al mejor pingo que había tenido (era muy aficionado a las carreras de caballos) y otro rubio, el “Don Antonio”.

Tuvo gran éxito comercial y su tabaco se vendía en todo el país. Su cuñado, Raúl Machado –casado con su hermana Dea- desde Rocha lo distribuía en la zona este y su hermano Dantón, que se había mudado a La Paz, tras casarse con la tía Leonor, en los alrededores de la capital. En la tabacalería “Derby”, frente al palacio municipal, se le veía siempre en un lugar preferente de su vidriera.

Una foto histórica: el decomiso del tabaco: frente al edificio de la aduana del Chuy, la hilera de caballos con sus alforjas repletas; al frente - a la izquierda- los contrabandistas (un paisano con sus hijos); al medio, los aduaneros; luego los policías actuantes y en el extremo derecho de la foto Don Silvio Fossati.

A principios de los 30, Gregorio García, constructor del parador San Miguel y otras obras, terminó la fachada común a la fábrica de tabaco y a la de café –más modesta- que la continuaba y también el patio con su aljibe, en casa. En el terreno que se extendía entre la fábrica y la casa paterna, había tangerinos, variedad de naranjos, laureles, arazás, guayabos, una quinta de hortalizas y un enorme parral; mucho espacio. En el terreno contiguo, la higuera, el coronilla –donde dormían las gallinas- y el galponcito de la vaca.

Por esa fecha Silvio perdió una vez en las carreras todo el dinero destinado a la importación de tabaco. Seu Luiz se lo mandó igual de fiado; eran amigos verdaderos.

Por esos años también, trajo a vivir a casa a Tono (su padre), con sus dos hijos aún solteros, dada la imposibilidad de convivencia con su yerno, Leopoldo Vogler, a quien había dado cobijo cuando se casó con tía Laura. Ella nunca más vio a su padre ni habló con sus hermanos. Pero eso no obstó a que los primos nos juntáramos y tratáramos. A fines de los 30 se acogió en casa a mi abuela materna y a mi tía Inés. Silvio, con su serenidad, su paciencia y su ternura fue el amparo de todos. Curaba casi con su presencia o con obleas vacías de la farmacia. Ponía lentes..."los oculistas es lo que hacen, probar...”. Transmitía seguridad.


Amó a su pueblo con el arraigo que yo heredé. Siempre predominó en él la modestia y me he venido a enterar por terceros todo lo que él apoyó. Estuvo en todo lo que surgía. Construía casas, a pagar con un modesto alquiler y nunca se sabrá si totalmente. Fue factor importante en la construcción del Club Social (y en su organización, estatutos, etc.). Construyó el local para el Banco de la República, por los años 50. Amplió progresivamente el liceo, que se había iniciado en un local cedido por don Samuel Priliac y consiguió con otras personas que se construyera el cementerio...”ahora puedo estar tranquilo, ni muerto me van a sacar de aquí”.

Festejó varias veces sus bodas de oro, porque pensaba no llegar. Las verdaderas finalmente las festejaron el 31 de enero de 1969. Falleció el 7 de febrero de 1975, un mes antes de que yo volviera a casa.

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